Diego Velázquez (1599, Sevilla – 1660, Madrid)


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La posición privilegiada de Diego Velázquez,  su rango de artista oficial en la corte de Felipe IV y sus funciones públicas le permitieron orientar el gusto artístico de la corte de Madrid.

Asimismo,  esto le facilitó desarrollar con libertad la temática (la humilde realidad cotidiana) y realizar las investigaciones visuales (el espacio de la representación) que marcaron la pintura de su tiempo e influenciaron, desde entonces,  la historia de las formas.

Alumno de Francisco Pacheco en Sevilla, e influido por las escuelas policromadas de Juan Martínez Montañés y por los colores vivos de Francisco Herrera, Diego Velázquez propuso innovaciones formales en lo que a color y luz se refiere: sus obras están fuertemente estructuradas por el claroscuro.

El pintor de la Corte

En la corte de Felipe IV,  Velázquez se afianzó como pintor de retratos oficiales. Propuso nuevos esquemas compositivos y privilegió la sencillez y las posturas naturales para expresar la humanidad del modelo.

Como decorador de los palacios reales, realizador de manifestaciones y ceremonias oficiales, y encargado de aprovisionar la casa real, Diego Velázquez llegó a ser el depositario de la cultura artística nacional (fue nombrado conservador de la colección real de pinturas).

Sus escasos autorretratos le permitieron fijar una imagen de artista que, a la manera del buen cortesano descrito por el moralista Baltasar Gracián, sabe agradar al mundo al mismo tiempo que denota un espíritu universal.

Un año antes de su muerte el pintor ya había alcanzado, después de Rubens y Tiziano, el rango de Caballero de la Orden de Santiago.

La cruz roja que ostentaba en su pecho en «Las meninas» simboliza su incesante búsqueda de reconocimiento artístico y dignidad social.

Diego Velázquez y el color

Las primeras obras del pintor estuvieron marcadas por las tonalidades caravaggistas  y por la composición de El Greco.

Pero de ellas surge una concepción personal del color, influida por sus  viajes a Italia, donde se impregnó de las grandes composiciones de Tintoretto y del color tardío de Tiziano.

Los pardos y ocres de su paleta dan cuenta, asímismo, de su conocimiento de los pintores del norte  (Anton van Dyck, Frans Hals). «La Venus del espejo» (1650) y «Las hilanderas» ilustran un arte fundado en una composición clara, en un modelo vigoroso y en un tratamiento naturalista de la carne.

Su pincelada rápida mezcla los colores y produce la ilusión de lo aterciopelado y de la textura de la piel. Diego Velázquez llegó a ser un excepcional pintor realista.

Lo demuestra la mítica exclamación  «Troppo vero!» (Demasiado verdadero!) que habría proferido el papa Inocencio X frente al retrato que le hizo el artista.

Los retratos de los infantes, realizados hacia 1650, son un modelo de economía pictórica, en los cuales triunfan los colores no saturados y un dibujo elíptico. 

Algunas de las obras más importantes de Diego Velázquez

ANCIANA FRIENDO HUEVOS. 1618, OLEO SOBRE TELA. GALERIA NACIONAL DE ESCOCIA, EDIMBURGO.

El placer estético de la anécdota. Este cuadro corresponde a las obras de Diego Velázquez realizadas antes de establecerse en la corte de Madrid. Influido por las naturalezas muertas y las escenas de género holandesas,  el pintor nos muestra aquí, con dignidad, una realidad trivial.

La obra aparece como un ejercicio en el cual los objetos, sumergidos en una penumbra teatral, desvían el eje central y marcan una diagonal muy dinámica. Un verdadero virtuosismo técnico.

LA RENDICION DE BREDA. 1635. ÓLEO SOBRE TELA.  MUSEO DEL PRADO.

Destinado a la decoración del gran salón del palacio del Buen Retiro, este cuadro formó parte de una serie de pinturas encargadas a los pintores españoles Carducho, Maino y Zurbarán.

Velázquez centró su composición en el noble gesto del general holandés Justino de Nassau, que entrega las llaves de su ciudad al vencedor Ambrosio de Spinola. A la izquierda, los holandeses en forma dispersa.

A la derecha, los españoles delante de un conjunto geométrico de lanzas levantadas. Al intentar representar el fin de la batalla, Diego Velázquez se apartó de las convenciones de la representación histórica tradicional.

La composición misma constituye un relato psicológico que aclara el significado político de la batalla y no un simple acto de osadía.

EL BUFON DON SEBASTIAN DE MORRA. 1643-44. OLEO SOBRE TELA. MUSEO DEL PRADO.

Sebastián de Morra fue el bufón enano del infante de España Baltasar Carlos. El tratamiento del rostro privilegia los reflejos luminosos sobre la acentuación caricaturesca de los rasgos.

Si el personaje se integra, por su vestimenta verde, en las tonalidades oscuras del fondo del cuadro,  se destaca, no obstante, por una ligera claridad que contornea su silueta.

En todos sus retratos de nufones, Velázquez afirma la dignidad del ser humano, a pesar de las desgracias físicas y sociales.

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