Construcción de San Pedro en Roma


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La edificación de la basílica de san Pedro  respondió a la política de prestigio emprendida por Julio II, quien aspiraba a reforzar el poder pontificio  y a afirmar el predominio espiritual y temporal del Vaticano asegurándole un rol destacado  entre los diferentes estados de Italia.

Basílica de San Pedro en Roma

Los inicios de la Basílica de San Pedro

Cuando en 1452 el papa Nicolás V decidió ampliar la basílica de Constantino, construida en el siglo IV sobre la supuesta tumba de san Pedro, no imaginó la gigantesca obra que resultaría  ni la concentración de talentos que en ella participarían.

Él solo pensaba añadir  un nuevo ábside detrás de la basílica existente. No obstante, la obra de san Pedro en Roma se desarrolló realmente durante el pontificado de Julio II (1503-1513). Con su impulso, el arquitecto Bramante emprendió una obra mucho más ambiciosa.

Hizo destruir los vestigios que quedaban, adoptó una planta de cruz griega y formuló el proyecto de una cúpula imponente sobre monumentales pilastras, según el modelo del Panteón romano.

Aunque los sucesores de Julio II, Leon X (1513-1521) y Clemente VII (1523-1534), mostraron una menor capacidad política, actuaron como avezados mecenas. Rafael sucedió durante estos pontificados a Bramante, fallecido en 1514.

En su búsqueda de una iglesia ideal, Rafael se alejó del plano inicial y optó por la cruz latina. Necesitó, pues, construir una nave central y naves laterales. Falleció en 1520, después de haber concluido la nave transversal sur.

Un rompecabezas arquitectónico

A la muerte de Rafael, la construcción de la basílica continuó,  pero experimentó un cambio decisivo en 1547, cuando Miguel Ángel fue nombrado su arquitecto oficial. Su iniciativa decisiva consistió en modificar el plano de la cúpula central y sustituirla por una semejante a la realizada por Brunelleschi  en Florencia.

Retomó también la idea de la planta de cruz griega de Bramante, con el argumento de tener una mayor pureza de líneas para lograr una belleza más luminosa.

A su muerte, en 1564, sólo su proyecto de cúpula se había mantenido, en cambio, la idea de una planta en cruz griega había sido definitivamente abandonada. 

Los trabajos de la fachada , consistentes en columnas y pilastras que sostienen un cornisamento sobre el cual se eleva una balaustrada, inspirada en proyectos de Miguel Ángel,  fueron proseguidos por Carlo Maderno.

En 1626, el papa Urbano VIII confió la construcción de la basílica a Bernini , quien le otorgó su sello definitivo. Este artista logró unificar una arquitectura de múltiples facetas mediante la construcción de una plaza elíptica rodeada de columnas que ocupó el inmenso espacio de la explanada y que permitió integrar la basílica al mundo circundante.

Hizo revestir los muros interiores con un decorado policromado en bronce, mármol,  oro y estuco y realizó las monumentales tumbas de Urbano VIII y de Alejandro VII, que se colocaron entre los pilares que sostienen la cúpula, el baldaquino de san Pedro  y la Catedra Petri, que encierra el púlpito de san Pedro, cuyo rutilante decorado en bronce armoniza con la suntuosidad de la decoración mural.

Plano de la Basílica de San Pedro.

Biblioteca de la Escuela Superior de Bellas Artes, París.

Este plano permite conocer las múltiples etapas de una construcción en la que la coherencia arquitectónica se sostiene a pesar de los cambios y las vacilaciones de los numerosos arquitectos que participaron.

El plano original de Bramante constituye la base de un diseño que fue enriqueciéndose con el tiempo. Las últimas aportaciones de Bernini llevaron la longitud de la nave central a 187 metros y su superficie a 15.160 metros cuadrados. 

Se puede observar que los sucesivos proyectos conservaron los cuatro pilares centrales de Bramante, lo que facilitó la circulación  durante las ceremonias religiosas.

Clemente VII aprueba el proyecto de Rafael. Giulio Romano. Estancias del Vaticano.

Plano de Rafael sobre la Basílica de San Pedro

Alumno y colaborador de Rafael, Giulio Romano nos ha dejado aquí una imagen simbólica de la solemne investidura de su maestro como arquitecto de la obra, cargo prestigioso que marca la cúspide de su carrera.

Junto a Clemente VII  y a Rafael presentando su proyecto , la presencia del gremio de albañiles, obreros anónimos de la gloria vaticana, se hace patente por el personaje que lleva un canasto. Al mismo tiempo, el fresco constituye un testimonio de la importancia artística y del relieve político de esta empresa.

Baldaquino de la Basílica de San Pedro. Bernini, 1624-1633.

Luces y torsiones barrocas reafirman la solemnidad del lugar.  El baldaquino que adorna el altar pontificio fue construido por Bernini en 1633 y colocado sobre la tumba de san Pedro.

Reemplazó a un modelo similar que sólo era un elemento arquitectónico efímero erigido con ocasión de una ceremonia de jubileo. Esta espectacular obra de bronce,  con columnas helicoidales y muy decoradas, está situada en el crucero de las naves, bajo la cúpula que derrama su luz.

Para un espectador que viene desde el pórtico central, el baldaquino sirve de marco a los decorados de oro del ábside  que brillan a lo lejos.

Columnata de la Plaza de San Pedro. Grabado según Bernini, por Battista Paloa. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Este grabado del siglo XVIII, que ilustra una panorámica de la basílica y de la plaza, nos permite apreciar el excepcional teatro de la fe que constituye el conjunto.

En efecto, ver y ser visto, son los fundamentos de esta empresa arquitectónica. Ver: evidente e imponente, la cúpula diseñada por Miguel Ángel , con un diámetro de 42 metros, se eleva hasta los 133 metros y es visible desde muchos kilómetros a la redonda.

Ser visto: todos los años, desde una de las ventanas de las estancias del papa realiza la bendición  «urbi et orbi», «a la ciudad y al mundo», ante la muchedumbre reunida en la plaza. La arquitectura permite a cada uno de los actores de este intercambio participar del mensaje papal en la armonía de un espacio abierto.

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