La Virgen de los Peregrinos – Caravaggio


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1604-1606, Óleo sobre lienzo,  260 x 150 cms, iglesia Sant’ Agostino de Roma.

La Virgen de los peregrinos

Una mujer del pueblo, con su hijo en brazos, en la puerta de su casa, una casa romana corriente, y ante ella dos viandantes mal vestidos, con los pies descalzos y sucios, la ropa remendada y los únicos signos de su condición: las manos juntas y los dos bastones de peregrinos.

Éste fue el resultado del legado de Ermete Cavalletti para la iglesia de Sant’ Agostino de Roma, y, como nos informa Baglione alrededor de 1620, una vez colocado el cuadro sobre el altar «hicieron gran alboroto los plebeyos» por su causa.

La sofisticada adhesión a lo real, que había llevado a Caravaggio a representar hasta los pies sucios del peregrino, se conjuga en el cuadro como contrapunto con una composición derivada de un afortunadísimo modelo tizianesco; también del gran  veneciano deriva el rojo aterciopelado del corpiño de la Virgen.

Estas sutiles referencias no podían tener gran valor para el pueblo humilde, que tampoco podía entender fácilmente el hecho de que la actitud y el perfil de la Virgen estuvieran inspirados en la estatuaria clásica.

No era tanto cuestión de mala voluntad o simple ignorancia; el hecho era aquella pose lánguida,  aquella naturalidad de las  carnes tan a propósito para la principal actividad de la mujer que había servido de modelo, con su hijo, para este cuadro.

Maddalena Antognetti, llamada Lena, era un personaje conocido en la ciudad; había sido amante de muchos poderosos y su vida de cortesana le había causado problemas con la justicia hacía poco.

Entre los motivos del «alboroto» popular, junto a mas elevadas cuestiones filosófico-religiosas, estaría, pues, la dificultad de aceptar recogerse en oración delante de una figura tan poco reconducible a la esencia de la espiritualidad.

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