Retablo de San Zenón – Andrea Mantegna


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1456-1459, pintura sobre tabla, Retablo de san Zenón,  iglesia de san Zeno, Verona.

Retablo de San Zenón de Andrea Mategna

Predela: Oración en el huerto y Resurrección,  Museo de Bellas Artes de Tours; Crucifixión,  Museo del Louve

En 1456, el protonotario Gregorio Correr,  abad del monasterio benedictino de san Zenón de Verona, encargó a Andrea Mantegna  el retablo para el altar mayor de la iglesia del monasterio.

En el retablo de Verona, Mantegna crea una arquitectura arquitrabada sobre pilastras de claras resonancias clásicas,  abierta por los cuatro costados, en tanto los personajes se disponen formando un medio hexágono. Aunque las columnas dividen el retablo como si de un tríptico se tratara, Mantegna trata las tres tablas principales como si formaran  parte de un espacio único,  una especie de logia abierta a la naturaleza.

En este espacio unitario que observamos a través de las columnas que enmarcan el altar, Mantegna dispuso una Sacra Conversazione -con la Virgen y el Niño entronizados y acompañados por nueve ángeles,  músicos y cantores, flanqueados, a la izquierda, por los santos Pedro, Pablo, Juan Evangelista y Zenón  y, a la derecha, por san Juan Bautista y los santos Gregorio, Lorenzo y Benito- , que adquiere monumentalidad gracias a la perspectiva baja con la que está concebida.

Situado el punto de fuga en la línea del suelo, el pintor consiguió un singular efecto de visión que hace que las figuras se ennoblezcan y monumentalicen al ser vistas desde abajo («de sotto in su»).

En la predela, sin esta acusada perspectiva, se representan tres episodios de la Pasión de Cristo: la Oración en el huerto, la Crucifixión y la Resurrección.  En ellas , a pesar de que Mantegna sustituye la arquitectura clásica del fondo por abiertos y rocosos paisajes, continúa utilizando el mismo registro espacial, buscando siempre la profundidad desarrollada en la Sacra Conversazione.

En la Crucifixión,  la profusión de pequeños detalles, los diminutos personajes que regresan a Jerusalén por el camino serpenteante, el abigarramiento de edificios que constituyen la ciudad, y las rocas que con su perfil  buscan el cielo, son interpretadas como el tributo que Mantegna rinde al arte flamenco tras haberlo conocido de cerca durante su viaje a Ferrara.

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